Víctor Cardona Galindo
Soy hijo de una cocinera de los campamentos de la
sierra. Todo el día estaba metida trabajando frente a la chimenea para darle de
comer a decenas de peones. Si no estaba frente al molino, estaba frente al
comal o moliendo los frijoles, en una cazuela de barro, con una cuchara de
palo. Por eso mi madre me parió una madrugada entre las huertas de café. Mi
padre fue un chaponador de huertas, un arriero andador de caminos. Un día,
arreando sus mulas, la vida lo llevó por un largo sendero y nunca volvió. Mi
madre dijo que fue a la ciudad a comprar un bote de leche Nido.
Pero él no encontró el camino de regreso a casa.
| Dos mangos solitarios |
Así, entre la casa de los abuelos y los campamentos
enclavados en los cerros, crecí con la cara chorreada, limpiándome los mocos
con el dorso de la mano, arropado siempre por una camisa color del suelo,
jugando a ras de tierra fabricando vaquitas con bolitas de cirian y haciendo
arcos con lianas para jugar a los apaches. En la mamila bebí café y caldo de frijol. Me deleité con ese
manjar de atole blanco y conserva de calabaza. Mi infancia se fue en jugar
aventándome desde las lajas a esas pozas oscuras, siempre al ojo del tío
Antonio, comiendo zapotes, mangos, mameyes, nísperos y huges. Buscando limones
dulces, toronjas y frutillas. Ocupada en el trajinar de la cocina, mi madre me
consoló siempre con un burrito de tortilla caliente con sal y un traguito de
café tibio. A veces me dejaba en la mesa un puño de galletas que tenían figuras
de animales: elefantitos, tortugas, changos, caballos y camellos. Me entretenía
jugando con ellas y me imaginaba aventurero en lejanas tierras.
Llevo maíz, caldo de frijol y café en las venas. Ahora
de grande, cuando estoy agobiado, para bajarme los nervios, bebo dos tazas de
café negro como mi conciencia.
En
aquel tiempo mi comunidad no tenía energía eléctrica. Alumbraron mi nacimiento
con rajas de ocote y al chorrear la resina prendida, se provocó un incendio,
que por poco acaba conmigo, al comenzar la vida. Los trapos mojados de alcohol,
que habían usado para desinfectar el machete con que me cortaron el ombligo, se
prendieron. Me rescataron entre las llamas. Ese fue un augurio que todas las
acciones de mi existencia serían, siempre, como una llamarada de petate, aparatosamente
grande pero de efímera existencia, eso dice mi madre que siempre me recuerda:
“Tú tienes entrada de caballo bueno y salida de burro flojo”, y eso que de
regreso a casa no hay burros flojos. Es que le parece que nada termino de lo
que empiezo. Lo mismo dice mi pareja, que opina que nada me sale bien. Aunque
eso no sea necesariamente cierto. Yo me convenzo, a mí mismo, diciendo que no
soy una llamarada de petate, soy fuego de ardiente corazón, soy una llama
fuerte que arde en buena madera y se extinguirá mucho más allá de mi
existencia, que vivirá mucha más allá de mis cenizas.
Bellísimo.
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