Víctor
Cardona Galindo
Desde
niño fui víctima de los calcetines huérfanos. No recuerdo cuando comenzó,
siempre pensé que tal vez fuera una maldición de alguna aprendiz de gitana
trasnochada, que perdidamente enamorada de mí, me condenó a esto. Bueno eso es
lo de menos, pero lo cierto es que dicha maldición me siguió hasta mi último
viaje. Me llevé a París seis pares de calcetines nuevos que tenía reservado
para la ocasión. Había pensado caminar con ellos toda la rivera del Sena.
Conforme los fui usando los deposité en una bolsa de plástico, al dejar el
hotel me fijé bien debajo de la cama. No había olvidado nada.
De
regreso a casa yo mismo los eché a la lavadora, después de lavarlos, los saqué
y los puse a secar, pero luego al devolverlos al cajón de donde salieron rumbo
a París, no estaban completos. Los busqué, sólo estaba uno de cada par. Los
busqué por todos lados, no los encontré. Me consolé juntando uno con otro parecido,
para volverlos a usar. Entonces fue cuando dudé de aquella hipótesis, que una
joven gitana enamorada, al ver mi indiferencia, me echó esa maldición. Ahora
pensé que tal vez se trataba de mi duende de la guarda. Un pequeño Ente
travieso que esconde los calcetines y que siempre va oculto en mi equipaje.
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