sábado, 3 de noviembre de 2018

Los calcetines huérfanos

Víctor Cardona Galindo
Desde niño fui víctima de los calcetines huérfanos. No recuerdo cuando comenzó, siempre pensé que tal vez fuera una maldición de alguna aprendiz de gitana trasnochada, que perdidamente enamorada de mí, me condenó a esto. Bueno eso es lo de menos, pero lo cierto es que dicha maldición me siguió hasta mi último viaje. Me llevé a París seis pares de calcetines nuevos que tenía reservado para la ocasión. Había pensado caminar con ellos toda la rivera del Sena. Conforme los fui usando los deposité en una bolsa de plástico, al dejar el hotel me fijé bien debajo de la cama. No había olvidado nada.
De regreso a casa yo mismo los eché a la lavadora, después de lavarlos, los saqué y los puse a secar, pero luego al devolverlos al cajón de donde salieron rumbo a París, no estaban completos. Los busqué, sólo estaba uno de cada par. Los busqué por todos lados, no los encontré. Me consolé juntando uno con otro parecido, para volverlos a usar. Entonces fue cuando dudé de aquella hipótesis, que una joven gitana enamorada, al ver mi indiferencia, me echó esa maldición. Ahora pensé que tal vez se trataba de mi duende de la guarda. Un pequeño Ente travieso que esconde los calcetines y que siempre va oculto en mi equipaje.

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