sábado, 6 de julio de 2019

Un mirlo primavera

Más o menos así era el mirlo que se comía mis mangos.

Víctor Cardona Galindo
Desde diciembre un mirlo primavera vino a pelearme los mangos, volaba de rama en rama picoteando los más grandes y coloridos. Un día le pregunté -¿Qué hace una primavera en mi árbol en invierno? Entre los graznidos, que salieron de su pecho anaranjado, pareció contestar –que las primaveras son las dueñas del tiempo y de los mangos que crecen en todas las ramas de todos los árboles, el invasor es el hombre que nombra las estaciones y destruye el planeta. Soltó un último graznido y se fue, mientras yo, recogí un hermoso mango y de una rebanada le quité las huellas de sus picotazos. 
Al fondo se ve el mirlo primavera esperando
descuido para comerse mis mangos.


sábado, 27 de abril de 2019

El lado espiritual de la vida


Víctor Cardona Galindo
Convencido estoy que: El Buda meditaba debajo de un árbol de mango, ahí alcanzó la iluminación. Pero como los mangos son comunes en la India. Sus seguidores buscaron el árbol más raro, coposo y de ramas laberínticas. Pensaron, tal vez, que un mango no se vería tan exótico en los tatuajes. Para vestirlo con mayor misticismo le llamaron el árbol de la vida y dijeron que bajo su sombra el maestro alcanzó el nirvana.  

Pero solamente aquellos que han probado un mango de miel, saben lo que es llevarse a los albures con los dioses. Solamente aquel que ha probado un mango sabe lo que es sentir el lado espiritual de la vida.
Convencido estoy que: si a Newton es lugar de caerle una manzana en la cabeza, le hubiera caído un mango, hubiera escrito un poema en lugar de escribir la ley de la gravedad. Total tarde o temprano todos nos damos cuenta que las cosas se caen para abajo y cuanto más alto estén más duro es el chingadazo. Y un mango por más alto que caiga, siempre será sabroso, aunque esté mallugadito. 


lunes, 25 de marzo de 2019

Fuego de ardiente corazón


Víctor Cardona Galindo
Soy hijo de una cocinera de los campamentos de la sierra. Todo el día estaba metida trabajando frente a la chimenea para darle de comer a decenas de peones. Si no estaba frente al molino, estaba frente al comal o moliendo los frijoles, en una cazuela de barro, con una cuchara de palo. Por eso mi madre me parió una madrugada entre las huertas de café. Mi padre fue un chaponador de huertas, un arriero andador de caminos. Un día, arreando sus mulas, la vida lo llevó por un largo sendero y nunca volvió. Mi madre dijo que fue a la ciudad a comprar un bote de leche Nido.
Pero él no encontró el camino de regreso a casa.
Dos mangos solitarios

Así, entre la casa de los abuelos y los campamentos enclavados en los cerros, crecí con la cara chorreada, limpiándome los mocos con el dorso de la mano, arropado siempre por una camisa color del suelo, jugando a ras de tierra fabricando vaquitas con bolitas de cirian y haciendo arcos con lianas para jugar a los apaches. En la mamila bebí  café y caldo de frijol. Me deleité con ese manjar de atole blanco y conserva de calabaza. Mi infancia se fue en jugar aventándome desde las lajas a esas pozas oscuras, siempre al ojo del tío Antonio, comiendo zapotes, mangos, mameyes, nísperos y huges. Buscando limones dulces, toronjas y frutillas. Ocupada en el trajinar de la cocina, mi madre me consoló siempre con un burrito de tortilla caliente con sal y un traguito de café tibio. A veces me dejaba en la mesa un puño de galletas que tenían figuras de animales: elefantitos, tortugas, changos, caballos y camellos. Me entretenía jugando con ellas y me imaginaba aventurero en lejanas tierras.
Llevo maíz, caldo de frijol y café en las venas. Ahora de grande, cuando estoy agobiado, para bajarme los nervios, bebo dos tazas de café negro como mi conciencia.
En aquel tiempo mi comunidad no tenía energía eléctrica. Alumbraron mi nacimiento con rajas de ocote y al chorrear la resina prendida, se provocó un incendio, que por poco acaba conmigo, al comenzar la vida. Los trapos mojados de alcohol, que habían usado para desinfectar el machete con que me cortaron el ombligo, se prendieron. Me rescataron entre las llamas. Ese fue un augurio que todas las acciones de mi existencia serían, siempre, como una llamarada de petate, aparatosamente grande pero de efímera existencia, eso dice mi madre que siempre me recuerda: “Tú tienes entrada de caballo bueno y salida de burro flojo”, y eso que de regreso a casa no hay burros flojos. Es que le parece que nada termino de lo que empiezo. Lo mismo dice mi pareja, que opina que nada me sale bien. Aunque eso no sea necesariamente cierto. Yo me convenzo, a mí mismo, diciendo que no soy una llamarada de petate, soy fuego de ardiente corazón, soy una llama fuerte que arde en buena madera y se extinguirá mucho más allá de mi existencia, que vivirá mucha más allá de mis cenizas.

domingo, 24 de febrero de 2019

Omisión


Vivimos una sociedad filicida que condena a sus hijos por omisión. Si tuviéramos una sociedad crítica no existirían grupos radicalizados que son resultado de nuestra apatía.
El periodismo tiene que cambiar para satisfacer el derecho a la información de la sociedad, pero este derecho solo se puede asegurar teniendo una prensa sin miedo, profesional y con una independencia total de las autoridades.
Un mirlo escondido en el neen.

Los líderes sindicales hacen negocios con las cuotas. Los políticos hacen negocios con el dinero del pueblo y nadie dice nada. Cuantos líderes sindicales han entrado con una mano adelante y otra atrás al sindicato y salen como prósperos rancheros.
A cuantos políticos hemos visto enriquecerse con el presupuesto público y nadie dice nada. Y a veces hasta los queremos regreso.

sábado, 23 de febrero de 2019

La pobreza



Víctor Cardona Galindo
El filósofo francés Jean Jacques Rousseau dijo que el origen de la desigualdad (la pobreza es una forma de desigualdad) es el resultado de la propiedad privada y de los abusos de aquellos que se apropian para sí de la riqueza del mundo y de los beneficios privados que derivan de esa apropiación.
Desde 1813 con los Sentimientos de la Nación proclamados por José María Morelos en Chilpancingo se planteó la necesidad de consolidar un gobierno que modere la opulencia y combata la indigencia, que eduque igual al hijo del rico potentado como al más humilde labrador. Eso no fue escuchado en ninguna parte. Porque a pesar de haber pasado 200 años la explotación irracional de mexicanos por otros mexicanos sigue sin que nadie la regule.
Los países con mayores desigualdades económicas tienen mayores problemas de salud mental y drogas, menores niveles de salud física y menos esperanza de vida, peores rendimientos académicos y mayores índices de embarazos juveniles no deseados. Una forma de combatir la desigualdad es que todos tengamos las mismas oportunidades. El empleo con protección social, formal y decente es la llave maestra para acabar con la desigualdad. Dicen algunos expertos.
Son los más pobres los que están sufriendo los rigores del cambio climático y la destrucción de medio ambiente, lo que pone en peligro los avances en materia de salud y mejores ingresos. La sostenibilidad ambiental tiene una relación directa con la equidad y la justicia distributiva.


viernes, 22 de febrero de 2019

Manzanas para todos


Cuando éramos jóvenes la Unión de Republica Socialistas Soviéticas (URSS) era el ejemplo de lo que queríamos para nuestra sociedad. Finalmente el modelo soviético cayó. Eso no quiere decir que también haya caído la necesidad de una sociedad más justa. Desde niños nuestra intuición nos dijo que no era justo que unos tuvieran huaraches de sobra y otros nada. Que unos comieran manzanas todos los días y otros apenas llegaran a probarla en años. Eso nos llevó a pensar en construir una sociedad sin pobres, donde todos gozáramos de los productos de la madre tierra y donde todos tuviéramos acceso a la tecnología y a su disfrute.
Ahora sabemos que el problema de la pobreza es estructural. No es únicamente la simpleza de quien es más flojo y quien es más trabajador. Tiene que ver, entre otras cosas, en que manos están las fuentes de riqueza.

Frases de Herman Hesse en Siddhartha