Víctor Cardona Galindo
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| Un mango en pleno floreo |
Eso de que me tumben de una cama, no es nada nuevo, desde los dieciocho he
sufrido ese desprecio. La primera que lo hizo fue la gorda aquella dueña de la
cantina donde bebía. Era frecuente que me quedara dormido en la mesa. Las
meseras, amigas mías desde los dieciséis, trapeaban el piso y luego me jalaban
hasta acomodarme, en esa esquina, donde estaba la mesa que frecuentaba. Una
ocasión, al no poder pagar la cuenta, fui a parar a la cama de la dueña. Al
amanecer, me quise quedar más tiempo, pero la gorda me encaró con ese aliento a
huevo podrido que tenía y me dijo: “Tienes que irte, yo necesito un
hombre peludo y bigotón para mantenerlo”. Eso me pegó muy hondo en el
autoestima, me miré tan lampiño y sentí que caminaba desnudo en un mercado a
las ocho de la mañana. Para desquitarme, comencé a decir que todos los hombres
peludos y bigotones no han evolucionado. Están más cerca del chango que del hombre.
Pero desde entonces ya han pasado muchos años, cerca de cien kilos se acumularon en mi existencia, y de mejores camas me han tirado. Por eso ya les
perdí el rencor a los peludos. Con el tiempo entendí… a mí no me salieron
bigotes porque le saqué a mi mamá.

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