jueves, 7 de febrero de 2019

Evolucionado

Víctor Cardona Galindo
Un mango en pleno floreo
Eso de que me tumben de una cama, no es nada nuevo, desde los dieciocho he sufrido ese desprecio. La primera que lo hizo fue la gorda aquella dueña de la cantina donde bebía. Era frecuente que me quedara dormido en la mesa. Las meseras, amigas mías desde los dieciséis, trapeaban el piso y luego me jalaban hasta acomodarme, en esa esquina, donde estaba la mesa que frecuentaba. Una ocasión, al no poder pagar la cuenta, fui a parar a la cama de la dueña. Al amanecer, me quise quedar más tiempo, pero la gorda me encaró con ese aliento a huevo podrido que tenía y me dijo: “Tienes que irte, yo necesito un hombre peludo y bigotón para mantenerlo”. Eso me pegó muy hondo en el autoestima, me miré tan lampiño y sentí que caminaba desnudo en un mercado a las ocho de la mañana. Para desquitarme, comencé a decir que todos los hombres peludos y bigotones no han evolucionado. Están más cerca del chango que del hombre. Pero desde entonces ya han pasado muchos años, cerca de cien kilos se acumularon en mi existencia, y de mejores camas me han tirado. Por eso ya les perdí el rencor a los peludos. Con el tiempo entendí… a mí no me salieron bigotes porque le saqué a mi mamá.

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