Víctor
Cardona Galindo
Por
eso la muerte para el zanate llega de blanco, brillante. La lechuza los atosiga
toda la noche, y al que se duerme, le roba el corazón en medio de sus sueños.
Luego les come las vísceras. El zanate cae del árbol descorazonado y vacío.
Mientras los otros, despiertos, escapan de tan elegante dama blanca que los
busca en la oscuridad con sus hermosos ojos grandes.
El festín del zanate
A las
7 de la mañana frente a la terminal de
autobuses de mi ciudad es pura algarabía, ya despertaron los cascalotes que
duermen en los almendros y se van sobre el festín de insectos que se acumulan
en las luminarias de Coppel. Decenas de aves negras revolotean la pared de esa
tienda departamental. Aquí el que madruga Dios lo ayuda. A esa hora la comida
es segura para zanates y zanatillas. A esa hora la lechuza, depredadora de las
negras aves, pasa altísima huyendo de la luz del sol que le va arañando los
talones y mordiéndole las plumas de la cola.
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