lunes, 10 de diciembre de 2018

La muerte del zanate


Víctor Cardona Galindo
La lechuza blanca está a la vista del zanate. Él con su color puede esconderse fácilmente en la noche. Pero ella, hábil, son sus ojos grandes puede romper el muro de la oscuridad. Los sorprende confiados y dormidos con sus fuertes garras, les abre el cuerpo son su filoso pico. Es la reina de la noche.
Por eso la muerte para el zanate llega de blanco, brillante. La lechuza los atosiga toda la noche, y al que se duerme, le roba el corazón en medio de sus sueños. Luego les come las vísceras. El zanate cae del árbol descorazonado y vacío. Mientras los otros, despiertos, escapan de tan elegante dama blanca que los busca en la oscuridad con sus hermosos ojos grandes.



El festín del zanate

A las 7 de la  mañana frente a la terminal de autobuses de mi ciudad es pura algarabía, ya despertaron los cascalotes que duermen en los almendros y se van sobre el festín de insectos que se acumulan en las luminarias de Coppel. Decenas de aves negras revolotean la pared de esa tienda departamental. Aquí el que madruga Dios lo ayuda. A esa hora la comida es segura para zanates y zanatillas. A esa hora la lechuza, depredadora de las negras aves, pasa altísima huyendo de la luz del sol que le va arañando los talones y mordiéndole las plumas de la cola.

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